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Dislocaciones

Hace años perdí el temor a las dislocaciones.

Cuando era niña,

todos en mi familia creían que mis extremidades,

excesivamente largas,

no serían capaces de cumplir la difícil tarea

de permanecer en el mismo lugar para siempre.

Mi padre resistía el impulso

de tomarme de los brazos y darme vueltas en el aire,

y mi madre miraba con angustia

mis brazadas en el agua,

esperando el inevitable movimiento en falso.

 

Pero mientras mis larguísimos brazos

evitaron la tentación de abandonarme,

no ha ocurrido lo mismo con las personas que he sido en estos años.

Una y otra vez he sentido mi voz quebrarse

por no encontrar el eco de su propio lenguaje

y he acompañado a mis piernas a recorrer el suelo

como si pisaran por primera vez cada una de sus rocas.

 

Y así, con el tiempo, entendí que el temor de mi familia

se refería a algo muy diferente a la separación transitoria de los huesos,

aprendí que dislocarse es sentirse fuera del espacio,

mirar hacia adentro

y ver a las bisagras disolverse en abismos,

experimentar el dolor de dos continentes

que se separan y se erosionan

mientras dejan pasar entre sus grietas océanos enteros.

 

Pero así como los huesos siempre regresan a su sitio

por la memoria de los tendones,

las dislocaciones me han hecho sentir

que flotamos en una materia elástica,

que no somos los continentes que se separan

sino el agua que los atraviesa,

un líquido difuso donde habitan todos los lenguajes

y todos los trozos de tierra erosionada,

en una mezcla que sólo se comprende

con los ojos mirando fijamente hacia todos los abismos.

 

Cartografía

Nacemos con la intuición de anular la tierra,

de dividir el mundo en mitades

y escoger,

entre ellas,

el cielo.

Y del abajo

aceptamos si acaso los mares,

porque caer en ellos es caer hacia arriba,

en el reflejo de lo lejano.

-

Olvidamos que cuerpo somos sólo instantes

y hacemos lo posible por invertebrarnos.

Negamos la gravedad

y nos tapamos los oídos

para no escuchar los golpes que nos devuelve el suelo

a cada paso.

-

¿Por qué no amar, en cambio, lo concreto,

la condensación,

la humedad de la tierra que pisamos,

el contacto que hace inmortales las huellas en las piedras,

la delgadez que deja el tiempo en las montañas

y, sobre todo,

los tendones, los huesos, los músculos

que nos ensamblan

como máquinas a la tierra?

-

Contemplar, acaso, otra forma de libertad

una libertad que nazca de recorrerlo todo,

de almacenar en nuestras articulaciones

todas las inflexiones de la superficie

hasta dibujar en ellas cartografías interminables.

-

Si así lo hiciéramos, bastaría cerrar los ojos

para recorrer cualquier mapa

porque guardaríamos

en nuestro ser compacto

todas las posibilidades del mundo.

Es más, si caminamos lo suficiente,

quizá encontremos una textura tan blanda

como para imaginar las nubes

y así el mundo sería nuevamente uno solo.

Materia y memoria

Me gusta mucho almacenar recuerdos

pero hago lo posible por guardarlos en un cuarto lejano    

                                                                                                seco

y no visitarlos nunca

sé que con cada visita la materia de mis recuerdos se deshace

-           

            primero se adelgaza

                                                luego se hace polvo

-

y al final se transforma en palabras

que deja como epitafios sobre piedras estériles

en un cementerio de nombres sin poesía

incapaces de invocar un cuerpo

visitados por nadie

-

vano sería ir a recoger las palabras a mi cementerio como si fueran flores

            y guardarlas en libros           

-

pues han quedado demasiado libres

como quedan los átomos que ocuparon un cuerpo después de la muerte

dispersos en el gran inventario del universo

-

A veces me pregunto si tendrán memoria

(las palabras  los átomos)

-

si así fuera no sería tan trágico el olvido

las palabras tendrían la esperanza de un cuerpo

y la vida sería un hermoso palimpsesto

-

infinito